En la mañana de este jueves, en la Plaza 25 de mayo, frente al busto que recuerda al ex presidente Raúl Alfonsín, el comité de la UCR Bragado llevó adelante un sencillo acto para recordar la fecha.
La colocación de ofrendas florales, a cargo de Alfredo Godoy y Luis Sbaffi, mas los conceptos sobre la fecha, fueron el contenido. Acompañaron militantes, concejales, consejeros escolares y ex funcionarios.
MENSAJE DE ALFREDO GODOY.
Cada 12 de marzo recordamos el Día del Militante Radical en homenaje a Raúl Alfonsín. Pero decir que recordamos a Alfonsín es, en realidad, decir algo mucho más profundo. Porque Alfonsín no fue solamente un dirigente político, ni siquiera solamente un Presidente de la Nación. Fue un fenómeno cultural, social y político que cambió para siempre las coordenadas de la Argentina.
Cuando el país parecía hundido en la oscuridad de la dictadura, cuando el miedo, el silencio y la violencia parecían haber colonizado el alma colectiva, Alfonsín nadó contra la corriente de las violencias que desgarraron al país durante los años de plomo: la de la subversión armada, la de las bandas parapoliciales y paramilitares de ultraderecha de la Triple A y la más brutal de todas: la del terrorismo de Estado instaurado por la dictadura.
Frente a ese país atravesado por el odio, Alfonsín eligió otro camino: el de la Ley.
Por eso su figura no puede entenderse solamente desde la Presidencia que comenzó en 1983. Aquella victoria electoral fue el resultado de algo más profundo: la convicción de que la democracia no era solamente un sistema de gobierno, sino una forma de vida.
Como señala el historiador y economista Pablo Gerchunoff en su biografía “El planisferio invertido”, Alfonsín fue el dirigente que logró instalar en la conciencia colectiva una idea decisiva: que la democracia era la condición de posibilidad de todas las soluciones. Que sin democracia no hay justicia, ni progreso económico duradero, ni libertades posibles.

Esa convicción lo llevó a decisiones que hoy parecen naturales, pero que en su tiempo fueron profundamente audaces. Entre ellas, una que definió con claridad su ética política: la condena absoluta de toda forma de violencia. Detestaba la violencia. La condenaba sin ambigüedades, viniera de donde viniese: fuera ya la violencia armada que desgarró a la Argentina en aquellos años, o — si viviera en estos tiempos — la violencia verbal, la agresión sistemática o la degradación del debate público que hoy, muchas veces, circula a través de los instrumentos cibernéticos y electrónicos de la posmodernidad.
Por eso, cuando hoy algunos invocan la consigna de “memoria completa”, conviene recordar un hecho histórico concreto: fue Alfonsín quien dispuso que la justicia investigara todas las responsabilidades penales que habían ensangrentado a la Argentina en la década anterior.
Y es pertinente que lo recordemos hoy porque, en poco más de una semana, se cumple el cincuentenario del último quiebre del Orden Constitucional y estos viejos debates, ya saldados por un hombre de excepción, pueden volver a surgir.
Lo hizo a través de dos decretos fundamentales de 1983. El 157 que ordenó la persecución penal de los cabecillas de las organizaciones guerrilleras por los delitos cometidos con posterioridad al 25 de mayo de 1973. Y el 158 que dispuso el juzgamiento de la Junta Militar que usurpó el gobierno de la Nación el 24 de marzo de 1976 y de las dos juntas que la sucedieron.
En ambos casos se trataba de delitos gravísimos: homicidio, asociación ilícita, instigación pública a cometer delitos, apología del crimen, privación ilegal de la libertad, aplicación de tormentos y otros atentados contra el orden público.
Pero Alfonsín no surgió de la nada. Se formó en una tradición política que fue su verdadera escuela de civismo: el radicalismo argentino. Allí aprendió que la política es una tarea colectiva, que los partidos son herramientas de la democracia y que las ideas deben estar siempre por encima de los personalismos. “No sigan a hombres, sigan ideas”, fue la convicción legada.
Desde esa tradición supo tejer relaciones con actores sociales de todos los sectores. Dialogó con sindicatos, empresarios, organizaciones sociales y dirigentes políticos de distintos signos. Pero tuvo, además, una característica singular: buscó deliberadamente rodearse de intelectuales, pensadores, artistas y jóvenes, convencido de que la política democrática necesitaba nutrirse del pensamiento crítico, de la cultura y de las nuevas generaciones.
Ese clima de renovación intelectual y política fue también parte de su legado. Porque Alfonsín entendía que una democracia viva no se sostiene solamente con instituciones: necesita también ideas, debate público y ciudadanía activa.
Pero, sobre todo, Alfonsín fue un militante de causas. Un hombre que entendió la política no como un ejercicio de poder personal, sino como una tarea ética al servicio de la sociedad. Un dirigente que creyó profundamente en los valores de la democracia, del pluralismo y del respeto por el adversario.
Por eso su legado no es una estatua ni un recuerdo congelado en el pasado. Su legado es una actitud frente a la política y frente a la vida pública: la convicción de que siempre vale la pena luchar por una sociedad más digna.
A lo largo de su vida atravesó momentos de entusiasmo colectivo y también tiempos difíciles, climas de desencanto y de desconfianza hacia la política. Y sin embargo nunca renunció a su convicción más profunda: que la democracia es el único camino posible para que una sociedad pueda reencontrarse consigo misma y proyectarse hacia el futuro.

Por eso este acto no es solamente una evocación. Significa exaltar valores que forman parte de las reservas morales de nuestra vida pública.
Porque el legado de Alfonsín no pertenece solamente a su tiempo. Es un legado para el porvenir. Para cuando la Argentina vuelva a buscar, una vez más, los caminos de la convivencia democrática; para cuando sea necesario reconstruir los lazos que hacen posible la vida en común; para cuando volvamos a afirmar los principios del pluralismo, de la tolerancia y del respeto entre quienes piensan distinto.
Es un legado que invita a mirar hacia adelante, a aprender del pasado y a proyectarlo hacia la construcción de un futuro ético y solidario. Porque, al decir de García Lorca: “La memoria es imprescindible si recuerda hacia mañana.”












